(De un escrito para el Circo Invisible, Septiembre 2004)

No hay nada más difícil que una hoja en blanco. Un rectángulo de papel vacío e intacto.
Tomo un lápiz -una pluma, un pincel- en mi mano. Negro, siempre negro, tal vez por que me gusta el contraste del negro sobre el blanco, por que en la taza en donde guardo los lápices todos tienen grafito de ese color o (más probable aún) por que en la caja de 24 plumas que compré hace tres semanas todas tienen tinta negra. Se que en cuanto toque el papel no podré dar marcha atrás. Podré borrar la línea o arrugar la hoja hasta hacerla bolita y arrojarla al cesto de basura, puedo romperla cuando estoy frustrada o ocupar el reverso para anotar algún teléfono importante que nunca encontraré cuando lo necesite. Puedo romperla, cortarla, mancharla con café o hacer garabatos en ella, pero ese – terrible- primer trazo, línea o mancha ya ha sido creada y me ha hecho creador, aún con el fuego no dejaría de existir asumiendo permiso y capacidad para escurrirse bajo la almohada y no dejarme dormir nunca más si así lo quisiera, desde el mismo instante de tocar la hoja tiene ya la venia para meterse entre la sopa de letras, en el café, la bañera y debajo de la cama, podría estar frente a mi en un espejo, en el vagón del metro o aguardando en el ropero como el monstruo que es, que fue y que podrá ser, gimiendo y retorciéndose desde la papelera en donde yace arrugado, puedo mojarlo, puedo tacharlo, puedo pintar sobre él, incluso puedo dar vuelta a la hoja . . . Pero nunca dejará de recordarme entre las sábanas mi enorme arrogancia y presunción al pretender olvidar que él existe y sigue ahí, aguardando con paciencia la hora de arrojarme del molino. Por qué todo creador, es responsable de su creación



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