Febrero 19, 2007...3:35 pm

Why can’t i be good?

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Se sienta en las escaleras – inoportuna para la camada recién salida del vagón del metro – y respira, una, dos, diez veces, para calmar el llanto. Y el hipo. Y el inconveniente torrente nasal. Y el %$=& dolor que le martillea el pecho, en el preciso lugar donde, según los libros de anatomía que nunca le interesaron, encontraría el corazón. Acaba de dejarlo –a él, ÉL con mayúsculas, él que la ama, al que ella ama, él que le esta haciendo pinole el corazón, para ser exactos- en la central de autobuses, la escena trágica de despedida por excelencia, solo que hoy y ahora no hay un público tan invisible como complaciente para aplaudir el dramatismo. A Ella, por primera vez, ni siquiera le interesa su imaginaria audiencia. Tiene un adiós atravesado en la garganta. Como una de esas pastillas atoradas, imposibles de tragar.

Se tambalea, se levanta. Alguien se detiene. Se reconocen: En algún tiempo y lugar -¿dos, tres años?- fueron pareja. Él trabajaba en la funeraria familiar, ella pasaba de vez en cuando, mirando ataúdes, preguntando por servicios, su madre estaba interna en el hospital de la vuelta, y los días en que él no cubría el turno nocturno, él manejaba sin rumbo durante horas, ella cambiaba la estación de radio cada quince minutos, cinco sin cajetilla de cigarros de por medio. Y bajaba la ventana del auto justo cuando llovía o el aire helaba. Solo por que llovía o el aire helaba

Pero eso fue hace mucho, mucho tiempo. Y ahora la ve aquí, llorando en las escaleras, con el vestido rojo y la bufanda negra, tan inapropiados para este clima. La saluda y ella disimula, se limpia las lágrimas. Sonríen. Él la quiso. Mucho. Ella le tuvo cariño. Ó algo parecido. Y le gustaba como tocaba la guitarra y como no paraba de hablar, siempre sin verla a los ojos. Ella baja la mirada, siente otra vez las lágrimas. Él le rodea los hombros, la abraza fuerte contra su pecho, ella intenta no llorar. Otra vez. Siente que va a vomitar. Él aún la abraza. Sujeta su barbilla con una mano. Sonríe otra vez.

Ambos bajan las escaleras, Llega el tren, el vagón abre las puertas, ella –los ojos enrojecidos, el cabello despeinado- sube, él no entra. Ella lo mira.¿No subirá? Suena la alarma, el vagón va a arrancar.
Y él dice
“No sabes como quise verte algún día así”

Las puertas se cierran. El sonríe de nuevo, le dice adiós con la mano.
El metro arranca, ella no dice adiós, no dice “al demonio”, no dice nada mal sonante, no ríe, no dice nada. Tiene la mirada perdida. No dice nada, nada, excepto para si misma.

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