Sala de Proyección
(Escrito en Voltaire Cabaret 2005)
Creo que El mago de Jaime Aparicio, era la película que se exhibía ese día en el Cinematógrafo del Chopo. Para mi mala suerte, al llegar todos los asientos estaban ya ocupados y no tenía crédito en el celular, de manera que tampoco podría avisar en casa que llegaría -de nuevo- un poco retrasada esa noche de miércoles en que el boleto costaba la mitad del precio normal.
Faltarían unos quince minutos para que la película comenzara, y en una sala sin encargados y con la taquilla vacía, no se me ocurrió pedir un teléfono si no en la sala de proyección: un cuarto pequeño y oscuro ocupado casi en su totalidad por dos proyectores viejos, inmensos y ruidosos, latas de película, carteles viejos de aún más viejas estrellas ya pasadas y un calendario echo a mano con imágenes de Marlene Dietritch, Greta Garbo y otras actrices de la época de oro en Hollywood, con los días de estrenos y festivales marcados con plumón azul y rojo. El encargado, un hombre moreno y entrado en años me permitió hablar por teléfono a mi ya harta madre (que no dudó en recordarme que con esta, sería la quinta vez en dos semanas que llegaría tarde por quedarme en el cine hasta la noche) y faltando dos o tres minutos para comenzar, ajustó el sonido y apagó las luces de la sala y de la cabina misma
-Quédate aquí que ya no hay lugares abajo, voy por una Coca y no toques nada
Cerró la puerta de la cabina y yo, en total y feliz desobediencia, no perdí tiempo para tocar y mirar todo lo que no debía.
Comenzó la película y sentada cerca del cristal, miré la sala en silencio, las cabezas de la gente moviéndose incómodas, comiendo dulces, acomodándose en los asientos. Miré más cerca del proyector y vi el haz de luz proyectado contra el vidrio y después a la pantalla, observé un poco más de cerca las imágenes de celuloide corriendo en el proyector ruidoso, el sonido como de rebote y cada uno de los espectadores parecía estar absorto, hipnotizado, viviendo por un ratito una vida prestada que definitivamente no era la suya: en un momento me parecía ver una película dentro de otra película. Al poco tiempo el señor cácaro regresó y con una mirada severa me hizo quedarme quieta al lado de las latas vacías junto a la ventana.
No logro recordar nada de El Mago, a no ser el cartel rojo del sombrero con dos piernas de mujer saliendo cual conejo. No recuerdo diálogo, trama o argumentos: solo puedo recordar el ruidoso zumbido de los proyectores, el olor débil de los químicos en botellas mal cerradas y la imagen del celuloide corriendo en la luz verde de la maquinaria enorme y desgastada.
Aquel día había sido ocupado y tedioso en un trabajo que cada vez me gustaba menos, cada vez me era más tangible que no lograría juntar la mensualidad del taller de apreciación (más aún con mis funciones cada dos días) no había comido aún y a diario alguien conocido o desconocido me recordaba lo difícil -imposible- que era entrar a un medio viciado, lejano y corrupto como el cine. Definitivamente, ese no había sido un buen día . . . y creo que nunca estuve más segura de querer dedicar mi vida a esas imágenes diminutas que pasaban 24 veces por segundo en el viejo proyector
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Excelente cronica de tu función junto al cácaro. Pero debo decirte que te perdiste de una excelente película.
El cine independiente en México es escaso, por eso El Mago es una joya. Y las actuaciones, magníficas.
La recomiendo mil veces.