Cuando era niña, por lo general los villanos llevaban ventaja sobre los héroes. Claro que los buenos siempre ganaban (o al menos eso siempre pasaba en power rangers) pero los malos se divertían más.
Así que de vez en cuando yo era la mala. No muy seguido –no quería comprometer mis regalos de navidad- pero de vez en cuando lo hacia. Una vez recuerdo comerme un helado de limón con lujo de gula frente a un niño con carita sedienta en un camión, acompañada por mi madre. El niño me miraba y yo cerraba los ojos y saboreaba exageradamente mi helado –era mala, maaaaala, malísima- y de vez en cuando los abría para comprobar la reacción de mi público. En una de esas, claro esta, las fuerzas poderosas de la verdad y la justicia hicieron efecto, el camión pasó sobre un tope y yo tiré el helado. Mi público inesperada y cruelmente río y a la mala de la película no le quedaron ni ganas ni helado para recobrarse de tan cruel derrota.

En fin, ¡Ya crecería y tendría tiempo suficiente para desquitar su maldad inaudita con los pobres e incautos novios que se le cruzaran en el camino!

Wahahahahaha (risa malvada)



3 Responses to “La mala de la película”  

  1. cuando niña yo también era mala. Recuerdo especialmente a un gato negro al que perseguía todo el tiempo, a toda hora. El gato huía desesperado, porque si yo lo agarraba, le hacía las cosas más horribles como tirarle de la cola, hacerlo volar, y dios no me deja recordar qué más. También le hacía mimitos, supongo que para contrarrestar mi cargo de conciencia.

  2. Muahahaha…
    Yo sufro del síndrome contrario.No porque quiera ser buena, sino que quiero ser buena, y de torpeza extrema la gente suele decir que soy mala.
    Aun no lo disfruto.
    Pero vamos camino a eso.
    Y claro, poder aprender a hacer mierda a algún incauto, que pague mis cuentas y que despues se disculpe por todo.
    Parece que es un arte, pero le tengo susto a que se me caiga el helado en el piso.

    Saludos!

  3. 3 leonarellano

    Para Lolita La MALA (y malita).

    Como mi memoria, ella también, es mala, mala, mala, no recuerdo donde escuché la historia (salgo huyendo debajo de la mesa como Mastroiani si fue en tu blog Lolita), y por supuesto ni si es verídica o es un cuento, de una viejita parisina (ya puestos a tergiversar podría ser londinense o defeña) que todas las mañanas puntualmente va a la plaza más cercana a alimentar a las palomas —ratas con alas, no con patas, pero ratas al fin y al cabo. Enfin, que se hace famosa por su constancia y bondad, la entrevistan en la televisión, le hacen una postal, los japoneses se retratan con ella, casi que le dan la medalla al mérito. Y un día, la mujer muere. ¡Oh! terrible noticia, dice el periódico en alguna página interior, hemos perdido a un ejemplo ciudadano, bla, bla, bla. Días más tarde, en otra página, como enrojecida, la página, la policía investiga su caso porque su muerte es muy rara… mmmm: ¿tenía enemigos? ¿que la venta de las postales de otra viejita bondadosa, con los patos ella, había bajado dramáticamente en los últimos meses? ¿que no se dejó retratar con un árabe? ¿que con su fama habían crecido los envidiosos? La Gendarmería no quiso hacer comentarios apresurados porque las investigaciones bla, bla, bla. Y mientras el nuevo tiraje de las postales de la viejita hace ricos a los dueños de una pequeña editorial y un grupo muy importante europeo pero de capital de dudosa procedencia les hace una oferta millonaria y piensa en lanzar al mercado de las grandes ciudades postales de ciudadanos ejemplares y famosos (“comencemos con Lady Di, dice el creativo en su oficina, y luego metemos a políticos, jugadores de futbol, modelos, incluso una serie triple x pero de mucha calidad…”), mientras eso ocurre, un investigador filtra a los medios la noticia de que investigan un homicidio. ¿Homicidio? Vaya. ¿Estará esto relacionado con la cotización a la baja del grupo editorial? Mmmm. Los rumores saltan a la televisión. Vuelven a transmitir la entrevista y piensan en hacer un reportaje sobre su muerte. La policía se ve presionada por unos ciudadanos que vieron el reportaje y están indignados: el único hijo de la viejita también habría muerto en condiciones extrañas unos lustros antes. Se ordena la autopsia. Un reportero descubre que el hijo murió de toxoplasmosis y el forense que ella envenenada. “Todo apunta a la química”, dicen las ocho columnas al día siguiente. Cateos, revisión minuciosa de la casa… “La asesina de palomas”, dice en la primera edición de una flamante serie de postales que se agotó enseguida y que muestra a una viejita sonriendo malévolamente mientras arroja alpiste envenenado al suelo (“su venganza de 15 años terminó por acumular tal cantidad de tóxicos en su sangre que provocó…”).


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